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Mis canciones y letras son crudas, honestas y reales. Nacen de lo que he vivido: en los viajes, en las conversaciones, en la familia y en esos momentos que permanecen.
Hablan de amor, felicidad, decepción, desafíos, guerra y pérdida, de cercanía y esperanza.
No son historias inventadas, sino experiencias que han encontrado su propio camino hacia la música y las palabras.
Entre viajes, encuentros y vivencias en los límites
Desde mis veinte años, una y otra vez he vuelto a ponerme en camino: en mis años jóvenes con la mochila al hombro, muchas veces haciendo autostop, siempre abierta a lo desconocido. Mis caminos me han llevado por Norte y Centroamérica, Asia, Australia, la India, Oriente Medio, así como por Europa y Rusia.
Lo que me ha marcado no han sido solo los lugares, sino sobre todo las personas. Encuentros que dejan huella: historias de guerra y huida, de pérdida, pero también de confianza, humanidad y esperanza. Momentos que permanecen mucho después de que el viaje continúa.
De esas experiencias nacen mis canciones y mis textos.
Trabajo entre la música y la literatura, como cantautora y autora. Mis piezas son sobrias, claras y cercanas. Hablan de experiencias en los límites, de viajes interiores y exteriores, del destino y de la búsqueda de un punto de apoyo en un mundo lleno de contradicciones.
Y no se trata solo de lo difícil. En todo ello también habita la pregunta silenciosa por la cercanía, por el amor, por un lugar al que llegar, aunque sea solo por un instante.
Mi música sigue esa misma actitud: contenida, honesta, con espacio para los matices. Mi libro continúa lo que empieza en las canciones: historias que necesitan más tiempo para desplegarse.
No doy respuestas.
Pero cuento.
E invito a escuchar, a mirar con atención,
y a dejarse tocar por historias que perduran.
Una vida en canciones y palabras
Me pongo en camino. Una y otra vez. Con nada más que una mochila, un pulgar alzado y la intuición de que el mundo es más grande que todo lo que sé de él.
Las carreteras se extienden bajo mis pies, las fronteras se desdibujan, las lenguas se disuelven en miradas, gestos, silencios. Y en algún punto entre todo eso, empiezan las historias.
No en voz alta. Nunca en voz alta.
Se sientan frente a mí en autobuses polvorientos, amamantan a su hijo, comparten pan, o simplemente un instante.
Hablan de noches en las que todo se perdió.
De caminos que ya no conocen dirección. De guerra. De huida.
Y luego — casi de forma imperceptible — de lo que aun así permanece:
una mano que no suelta. Una sonrisa en el momento equivocado. Una esperanza que no necesita razones.
No colecciono nada. No retengo nada. Y, sin embargo, algo permanece.
Se deposita entre las costillas, en las pausas entre dos pensamientos,
allí donde las palabras aún no han decidido si quieren ser pronunciadas.
Y en algún momento se convierten en canciones. En textos.
En fragmentos de algo que no puede explicarse.
No escribo para responder. Escribo porque hay algo que quiere ser escuchado.
Queda. Sin imponerse. Con persistencia.
Mi lenguaje deja fuera lo que no necesita ser dicho.
Mi música deja espacio para lo que sucede entre las notas.
Y quizá sea precisamente ahí donde algo toca algo.
No del todo. No para siempre.
Pero lo bastante cerca como para quedarse.
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Canciones Vacío Texto.
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